LA FIRMA DE DOS LIBROS

El sábado una pareja ya mayor le dio a mi mujer dos libros para que les pusiera una dedicatoria. Se trataban de mi novela “Las cinco muertes del barón airado” y del libro “El Crimen de Castelldefels: Castelldefels a finales del siglo XIX”, que publicamos ella, es decir, Neus Cardona Vives, Gabriel García Rosauro y yo en 1999. Nunca los había visto juntos y este hecho, que la investigación histórica y la narración estuvieran una al lado de la otra doce años después y que de alguna manera “mantuvieran” un diálogo mudo, me sorprendió. Pero más me sorprendió leer estas líneas que ocupan las últimas páginas del estudio y que había olvidado completamente:

“Como dice Bocángel (el pseudónimo de Jorge Navarro) en la novela inédita en la que narra parte de los sucesos que hemos explicado, “todas las historias se merecen un final acorde con sus pretensiones”. ¿Qué final se merece este libro sobre el Castelldefels de hace un siglo? ¿Hemos logrado colmar el vaso de los deseos expresados al principio?

Por estas páginas han desfilado datos, personajes de diversa catadura y sucesos de diversa índole, fiebres que atemorizaban y mataban a la población, un ayuntamiento arruinado, caciquismo, prohombres barceloneses que invertían y “velaban” por el municipio, plagas, precios, cosechas, anécdotas de la vida y de la miseria de un pueblo. Para reconstruir esta época hemos tenido que hacer un doble salto mortal hacia atrás y olvidarnos del Castelldefels que conocemos, tan diferente, de sus casi cuarenta y cinco mil habitantes censados, de los edificios viejos y nuevos, de las calles y plazas, de los comercios y la industria, de los restaurantes, hoteles y residencias geriátricas. Como decimos, hemos tenido que hacer tabla rasa, obviar la evolución que ha experimentado a lo largo del siglo XX.

Sobrevolando lo anterior, un crimen horrendo cometido por un personaje que va de aquí para allá, como tantos otros en ese momento histórico. El homicida y sus víctimas (sobre todo Rita) son juzgados por una época híbrida donde se alterna lo nuevo (ferrocarril, inventos, sufragio universal, ideologías revolucionarias) y lo viejo (odios, temores ancestrales, prohombres que heredan el poder, rogativas, duelos[1]), una época en que la sociedad es cerrada, fatalista, y se sobrecoge ante la maldad, pero la contempla con morbo, que quiere la pena de muerte y, a la vez, abomina su mancha pidiendo indultos y perdón. Joaquín Figueras cometió un crimen y fue juzgado por ese crimen, pero también por los otros crímenes de la época

Y, sin embargo, después de casi catorce años de (intermitentes) investigaciones, quedan puntos oscuros. Al final de las novelas policiacas aparecen atados todos los cabos, se sabe quién es el asesino y el móvil, se conoce perfectamente el carácter de los

protagonistas. ¿Hemos llegado a esclarecer llamado “El Crimen de Castelldefels”? ¿De verdad sabemos las razones de Figueras? ¿Era un simple ladrón, un pobre hombre que se volvió loco o un enamorado despechado que mató en un arrebato de pasión?

Por otro lado, hemos mencionado que intervinieron para pedir el indulto el obispo de Barcelona, diputados a Cortes, ex-presidentes del gobierno como Castelar, presidentes de diputaciones… Pero, ¿qué otras influencias se llegaron a mover para intentar obtener el perdón de Figueras? ¿Y quiénes eran esos “otros vecinos”, según la carta de Planas y Casals, que secundaron las gestiones del alcalde y del abogado defensor? ¿Por qué los pobladores de un pueblo donde han sido asesinados salvajemente el cura y una sobrina suya se avienen a salvar la vida del criminal? A fin de cuentas, Figueras era un recién llegado, como quien dice, una persona que no tenía familia en el pueblo. Quizás porque Rita tenía mala fama y le veían como un pobre joven que había caído en sus redes. Y otra circunstancia: el alcalde, Gaspar Rabentós, no salió reelegido en las elecciones de ese año, recayendo el cargo nuevamente en Francisco Viñas. ¿Tendría ello que ver con su actuación antes de la ejecución?

Lamentablemente aún hoy estas preguntas no tienen respuesta, quizá porque, al fin y al cabo, este libro no es una novela.”

Como es lógico, hay frases que no son mías sino de Gabriel y Neus, pero me ha llamado la atención las referencias a la novela, como si ya en aquel momento lanzara una botella al agua con un mensaje y volviera a mí muchos años después cuando lo que por entonces deseaba (su publicación) ya se ha conseguido.

 


[1] Por ejemplo, en 1896 el general Borrero, en vez de dirimir sus diferencias políticas con Martínez Campos en un foro como las Cortes, decide retarle a un duelo.

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