EN GETAFE NEGRO

El sábado día 22 de Octubre estuve en GETAFE NEGRO (más que en Getafe, porque la ciudad apenas la vi) para participar en una charla con Espido Freire, Luis García Jambrina y Francisco Balbuena. Las fotos de los escritores que participaron en algunos de los actos (Lorenzo Silva, Belén Gopegui, Teresa Solana, Alejandro Pedregosa, Yanet Acosta…) se pueden ver en el siguiente enlace:

https://picasaweb.google.com/jornape62/GETAFENEGRO22102011SELECCION?authkey=Gv1sRgCKiTrK3CksWuxAE#5669201775585469874

Había escrito unas líneas para este acto (y que no leí porque fue más unas mesa redonda), una reflexión sobre mi manera de escribir y que transcribo aquí por si a alguien les interesan:

“Supongo que mis compañeros de mesa ya han hablado (o hablarán) de los puntos de contacto que se han establecido entre ambos géneros a lo largo de la historia de la literatura y la manera como ellos se han enfrentado al reto de idear novelas con altas dosis de sangre, intrigas e incertidumbres en un pasado que no hemos conocido, lo que acarrea no pocas dificultades a la hora de reinventarlo. (Perdónenme si meto la pata y ninguno habla de eso no se porque esto lo escribí en Castelldefels hace unos días).

De eso han hablado (o hablarán) mis compañeros. ¿Y yo? Yo desde hace días, desde que me invitaron a GETAFE NEGRO me pregunto: ¿cómo voy a hablarles a ustedes de las relaciones entre la novela histórica y de intriga si todavía a día de hoy no exactamente sé por qué empecé a escribir hace veinte años y unos meses una novela aparentemente histórica y de intriga que la acabé hace quince?

Para mí este es un verdadero caso de intriga que me intriga. Como no lo sé, voy a intentar desentrañar la madeja con su inestimable ayuda. Todas las historias tienen un principio. Por aquel entonces yo solo quería escribir un relato de unas cinco o seis páginas porque era incapaz de escribir más. Casualmente ayer un compañero de instituto me dijo: “Recuerda siempre el primer momento, cuando la historia era pura antes de que la pusieras en el papel”.

El momento puro antes de… Quería que transcurriera en el presente, en el presente de marzo de 1991, claro está, cuando el mayordomo de un gran señor de Barcelona (¿era de Barcelona?) entraba en su habitación para despertar a la joven con la que había pasado la noche. Es curioso, si lo hubiera hecho así no estaría aquí con estos magníficos escritores ni con ustedes.

Escribí la primera página de un tirón (se la enseño) y entonces pensé en trasladar la acción a finales del siglo XIX para hacerla más verosímil. Creo que fue por lo del mayordomo, qué estupidez, también porque como historiador estaba investigando un crimen verdadero que ocurrió en Castelldefels. Allí alguien había tenido la ocurrencia de cargarse al cura del pueblo y a su sobrina, que era extraordinariamente guapa, darles más de quince puñaladas y algún que otro tiro. Con un agravante: eso ocurrió semanas antes del atentado del Liceo, donde un anarquista tiró una bomba y mató a veinte personas que estaban en la platea.

He de decirles que la historia real ya tenía miga y que si me hubiera limitado a contarla hubiera acabado la novela en a los pocos meses: ¿era Rita Bosch verdaderamente la sobrina del cura? Y si el que fue señalado como culpable lo era, ¿por qué el alcalde y otros vecinos removieron cielo y tierra para lograr su indulto? ¿Y por qué había tantas coincidencias con la causa del Liceo? Además, al asesino lo ejecutaron en Castelldefels cuando la ley decía que tenía que haber un recinto carcelario donde pasar la capilla y ese lugar no existía. ¿Por qué se hizo entonces la ejecución junto a la rectoría del crimen? Se trataba de un crimen rural con elementos que lo emparentaban con la efervescencia anarquista de Barcelona. ¿Verdad que el tema atraía?

Increíblemente, ni tan siquiera me paré a pensar que podía aprovecharlo y esa historia real, convenientemente maquillada, retocada, pervertida, no la incluí hasta muchísimo después y por culpa de Ramón Casas y un cuadro suyo llamado “Garrote vil”. Sí, así ocurrió. Pero por ahora voy a dejar esa cuestión pendiente.

Vuelvo al relato originario, el de las cinco o seis páginas. Elementos para crear intriga casi desde el primer párrafo: ¿quién era la muchacha que dormía entre las sábanas y qué hacía allí? ¿Por una cuestión de venganza? ¿Y de qué tipo? ¿Y quién era el viejo que había pagado por gozar de ella y arrebatarle su virtud? Se me ocurrió que fuera un barón (el “barón airado” del título), un rico patricio de la Ciudad Condal, y que ya se percibiera que tenía muy malas pulgas.

Lo acabo, me refiero al relato, dejando más incógnitas que certezas en el aire, lo envío a un importante premio literario y lo gana. Un miembro del jurado me dice que es casi perfecto, el editor de una revista me dice que le ha sorprendido porque hay pocos cuentos históricos y que es magnífico, otras personas que lo leen que dicen que he de continuar la historia. Yo también lo sé, que es casi perfecto, que es magnífico, que he de continuar la historia, y por eso lo hago.

Pero, ¿cómo seguir? Ya está, me dije, el barón de Castellfullit tiene tan malas pulgas y provoca tantos odios que varias personas desearán su muerte. Mas desear no es matar, así que tuve que crear unos personajes que orquestaran diferentes maneras de eliminarlo. Piensen en quiénes podían ser y acertarán.

El círculo mágico. Al principio de una investigación criminal,  detectives y policías sospechan de las personas más cercanas por tener más motivos. Por lo tanto, los primeros tenían que ser familiares, su mujer, Eulalia Recasens, y su hijo Salvador, por diferentes motivos. Después, si acaso, ya vendrían otros.

Pero no, eso aconteció después, primero estaba el viaje a Madrid, pues cuando se despertaba Amadeo Castellfullit tenía que acicalarse y prepararse para coger un tren en dirección a la Villa y Corte. ¿Y por qué el barón quería venir a Madrid? Era un financiero muy importante y poderoso, así que ¿a quiénes tenía que ver? Piénsenlo.

Tenía que entrevistarse con la reina, con políticos y algún ministro. Pero eso por si mismo no crea intriga, aunque los políticos sean intrigantes por definición. Tenía que haber algo más, una conspiración como muchas de las que se tramaron a lo largo del siglo XIX, “La Gran Causa”, la llamaría el noble. Y qué mejor manera que el barón comenzara a esbozarla ante los invitados a su vagón, el pintor Ramón Casas entre ellos, un personaje que me podía permitir relacionar a unos con otros.

Si yo solo quería escribir un relatito, ¿cómo era posible que me estuviera liando tanto, personajes de la familia del barón, la joven, un viaje, anarquistas, un pintor que empieza a ser conocido…? Eso sí que me intrigaba, pero aún más me asombraba la manera en que los personajes hablaban y se relacionaban entre ellos, dándote ideas para nuevas situaciones, fabricando entre todos una tela de araña en la que atrapar al lector.

La novela había echado a andar y a crecer, pero mientras la escribía me daba cuenta de una gran contradicción: si yo no quería hacer una novela histórica y menos una de intriga o suspense, ¿cómo era posible que estuviera haciendo ambas al mismo tiempo? Porque no podía controlarla del todo, ni a los personajes ni a las situaciones. (Esto queda muy bien y lo he escuchado infinidad de veces: la novela existe a pesar del autor).

Digo “controlarla del todo” porque algo sí podía lograr. No quería hacer una novela detectivesca al uso sobre la resolución de un caso criminal sangriento, con pistas y pasos adelante y atrás en la investigación (piensen en monsieur Poirot más que en el acompañante del doctor Watson), y eso creo que lo logré.

Me parecía demasiado fácil y desde el principio supe y me planteé que el lector tenía que tener muchas de las claves y al mismo tiempo no saber por dónde iba a continuar la narración.

Un momento determinante, como en toda novela negra, de intriga o de detectives, es el del crimen (o de los crímenes, si son varios). Se quería asesinar al barón, sí, y por tanto tenía que haber un muerto (o varios) y también un juicio, pero ninguna de esas circunstancias tenían que hacer bascular la novela por un camino único para que se convirtiera en una novela de suspense o una novela de juicios, tampoco de una novela con pintura incluida (pienso en La tabla de Flandes, de Pérez Reverte, por ejemplo).

Tenía que incorporar numerosos elementos y hacer que ninguno destacara por encima del resto. Aunque contara con abundante información y mucho dato, tenía que olvidarlos, pues ese es el gran peligro que amenaza al que hace novelas históricas (no sé que opinarán mis compañeros de eso).

Difícil equilibrio que requiere numerosos contrapesos que se entienden una vez leída, claro. Una lector me dijo que mantenía el listón de la intriga muy alto, que la acción nunca decaía y otra persona muy querida, Ignacio Gamen, el primero que la leyó cuando la acabé, me dijo: “Has creado un mundo”. Pensé que exageraba pero aunque no lo hubiera imaginado al principio, pero de eso se trataba, de construir un mundo y que fuera verosímil.

Eso me lleva al tema que siempre rodea a las novelas históricas: la realidad y la ficción. Yo hice un estudio histórico sobre el llamado Crimen de Castelldefels y se publicó y he hecho una novela que contiene aspectos importantes de ese crimen. Pero se trata de una novela en la que se juega con la verosimilitud, la del tiempo histórico (a veces modifico fechas a mi antojo), la de los paisajes (me invento un Hotel Palace cuando todavía no existía, pues fue inaugurado en 1912, y un restaurante en Madrid), la de los personajes (algunos, como Dorotea de Chopitea incluso habían muerto de verdad; a Ramón Casas lo enamoro de una Julia cuando a la verdadera Julia la conoció muchos años después). Como excusa a los desmanes cometidos, digo que se trata de una novela preinternet.

Total, que creo que he escrito una novela de intriga diferente a las novelas negras, detectivescas o de suspense y una novela histórica que también es diferente a las novelas históricas al uso. Así que finalmente lo que me intriga y me deja perplejo es qué hago aquí. Pero prometo que la próxima sí será más negra, más detectivesca y más de suspense. Es que gracias a ustedes me he sentido tan a gusto que voy a pedir plaza para el año que viene.”

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