LA CRÍTICA DE MANUEL ESCOBAR CABALLERO

Una de las más agradables sorpresas de mi asistencia al club de lectura de la Biblioteca Josep Soler i Vidal de Gavà se produjo al final del acto cuando María leyó una carta de Manuel Escobar Caballero dirigida a mí por no haber podido asistir. La reproduzco con su permiso y dice así:

“Mi padre decía que soy aprendiz de todo y maestro de nada; así pues, partiendo de esta aseveración que nunca puse en duda, voy a intentar dar mi opinión de su, tu novela.

¿Puedo tutearte? Nacimos el mismo año.

Escribes que “… todo escritor  que se precie de serlo ha de procurar mantener el interés y la fuerza del relato hasta su conclusión.” Estoy de acuerdo. Para mí, lo consigues. Como carezco de formación para analizar aspectos técnicos, sólo tengo un elemento que avale mi opinión: no me he aburrido en ningún momento. El interés por la trama y los personajes ha sido continuo, página tras página. Y eso que, cuando estudiaba, la Restauración española de finales del siglo XIX y principios del siglo XX me pareció caótica y difícil de memorizar… ¡ Con tanto cambio de gobierno! Menos mal que Eduardo Mendoza con “La ciudad de los prodigios” cambió mi visión. Esto ha favorecido mi curiosidad por la época en la que transcurre tu novela. Pienso que no es fácil escribir un texto manejando tanta documentación. Tiene mucho mérito jugar con ella y darle una estructura literaria que enganche al lector sin cansarle. Supongo que en este punto habrá quien discrepe y piense que un exceso de nombres, cargos, instituciones,.. ralentiza la acción. Quizás es el único  “PERO” que le pondría. Ya he dicho antes que no me he aburrido en ningún momento, así que para mi es un “pero” pequeñito.

Me gusta mucho como describes los personajes, los objetos y sobre todo, las estancias: las veo y no me siento perdido.

En cuanto a los personajes, además del barón (terrible pero lleno de matices) me encanta Ramón Casas por empatía  y por su capacidad de observación. También encontré extraño que el personaje de Julia perdiese el fuelle, la fuerza, en el tramo final de la novela y aunque no estoy de acuerdo con  “…no es conveniente hablar de las propias alegrías y tristezas pues al hacerlo uno se rebaja y muestra sus puntos débiles ante el oyente”, le casa bien al sentir del pintor, tan reticente a lo cursi. Aunque como lector me ha dejado un vacío.

Considero que el oficio de escritor tiene algo de mago pues juegas con lo real y lo imaginario. Lo mezclas y sale un texto que intenta ser “redondo” pero como Eulalia Recasens habría dicho: “ … todo el mundo sabe que los libros son rectangulares.” Lo que importa es que entretengan.

Por último, hago mía esta reflexión “… considero que por si alguna razón venimos a este mundo no es para sufrir, sino para disfrutar las cosas que se nos ofrecen de la mejor manera posible.” Así lo hice con tu novela.

Gracias.”

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